jueves, 4 de abril de 2013

De la Iberia indígena a la Hispania romana: Pacificación, Provincialización y Romanización

 
Terminada la Segunda Guerra Púnica con la expulsión de los cartagineses de la Península Ibérica, deja a Roma en posesión de nuevos y amplios territorios. El gobierno romano no evacuó las tropas que tenía repartidas a lo largo de la costa mediterránea y Andalucía. Aún existía un enorme territorio desconocido hacia el interior peninsular, cuya actuación sobre él dependía de la respuesta entre ¿Organización? o ¿Conquista? El devenir de los acontecimientos muestra las continuas dificultades para llevar a cabo sendas empresas, como refleja esta conocida frase: Hispania fue el primer territorio en ser conquistado, y el último en ser dominado.

La conquista y la administración son dos procesos que se entrecruzan a lo largo de la primera mitad del s. II a.C. Ya en el año 207 a.C. parece ser que existe un primer intento de regular la situación peninsular, cuando el Senado romano encarga de manera provisional “la organización y relación de los asuntos romanos con los indígenas” al joven general Publio Cornelio Escipión, recientemente vencedor sobre los cartagineses. Tomando como base su experiencia en la guerra divide militarmente la península en dos zonas: 1) Territorios del Norte, Levante y el valle del Ebro, y 2) La zona sur y el valle del Guadalquivir. No podemos decir que la obra de Escipión se prolongara mucho en el tiempo puesto que al desaparecer el peligro púnico tendrá que abandonar la península. Sin embargo, tendrá su importancia ya que será el germen embrionario de la futura “organización provincial de Hispania”.


A comienzos del s. II a. C., Roma apenas tiene experiencia en la administración territorial a larga distancia, y por lo tanto la Península Ibérica plantea una situación totalmente nueva. Mientras que el Senado decide como regularla, se opta por entenderla como una colonia de explotación. Y no será hasta el año a el año de 197 a.C. cuando finalmente el territorio sea dividido en dos provincias: 1) Al norte la Hispania Citerior con capital en Tarraco (Tarragona); y 2) Al sur la Hispania Ulterior con Corduba (Córdoba) al frente. Esta organización se mantendrá hasta la reforma territorial de Augusto en el siglo I a.C. La frontera entre ambas se fijó al sur de Cartago Nova (Cartagena), aunque la línea hacia el interior es algo más difusa y se irá configurando a medida que avance la conquista.



 La provincialización de Hispania fue consecuencia directa del creciente interés de los aristócratas romanos por el control privado de los recursos, ya que muchas familias de segundo orden vieron en estas tierras la oportunidad de enriquecerse y promocionar socialmente. Estos primeros gobernantes anteponen sus intereses particulares, acumulando riqueza, a los intereses comunes de Roma. Por ello, el Senado comenzará una campaña de lucha contra estas irregularidades, siendo su principal representante Marco Porcio Catón.


Su presencia en Hispania será breve pero muy intensa, ya que apenas dura un año pues se vio obligado a regresar a Roma por motivos políticos. Desembarca en el NE peninsular a comienzos del año 195 a.C. y sus primeras tarea será sofocar las revueltas indígenas en la zona de Cataluña. El asentamiento
romano se tradujo en el cambio del sistema de alianzas con la población autóctona, pasando del “colaboracionismo” al “servilismo”, donde impera la ley del más fuerte. En este contexto empiezan a aumentar las actividades hostiles hacia este nuevo “imperialismo” romano.


La política de pacificación territorial llevada a cabo por Catón se centró en Hispania Citerior, donde tuvo que derrotar militarmente a los íberos en Ampurias y en Segéstica (¿Segeda?, Zaragoza). Paralelamente a la actividad bélica se llevaron a cabo “negociaciones diplomáticas”, y según dicen las crónicas romanas, Catón ante la negativa de los nativos a entregar sus armas, envió un mensaje a cada una de las poblaciones exigiendo que desmantelaran sus muros o serían conquistados y esclavizados. Éstos acabaron obedeciendo y las pocas ciudades que se resistieron, entre ellas Segéstica, acabaron siendo sometidas con todas las de la ley.


Una vez estabilizado el poder romano en el litoral catalán, Catón marcha a la zona del Ebro en ayuda de los generales Publio Manlio y Claudio Nerón, los cuales tienen dificultades ante una coalición de turdetanos y celtíberos. Realmente sabemos poco de esta expedición, pero se piensa que fue una demostración de fuerza para que los celtíberos abandonaran la coalición. La tarea de Catón se centró en la predicación “de la bondad y lo beneficioso de estar del lado de Roma”, sin embargo en la letra pequeña del contrato vemos el paso hacia la servidumbre por parte de los hispanos.


Una fecha clave es el 180 a.C., año en el que llegan dos nuevos gobernadores a la península: L. Postumio Albino (Ulterior) y Tiberio Sempronio Graco (Citerior), siendo este último de mayor repercusión. Ambos prosiguen con la conquista, la cual presenta notables diferencias con la forma de actuar de sus predecesores. La acción de estos últimos se habían centrado en saquear, recoger tributos y botines para su enriquecimiento personal; sin embargo ahora Albino y Graco actuaran por primera vez de forma conjunta, lo cual refleja una idea preconcebida y homogénea a la hora de someter el territorio. Militarmente combinan sus fuerzas en el alto Guadalquivir para lanzar ataques sobre Munda (Montilla), Cartima (Cártama), Oretania, Carpetania y Celtiberia.


La victoria de Graco en la batalla del Mons Chaunus (Moncayo, Zaragoza) le permite consolidarse en el Valle del Ebro. A partir de este momento comienza la organización del territorio y la búsqueda del entendimiento con los pueblos autóctonos; siendo el punto de partida para la denominada Pax Sempronia (179 a.C.-154 a.C.). Si bien los autóctonos veían con malos ojos la prohibición de fortificar sus ciudades, en un futuro casus belli de las Guerras Celtíberas; el conjunto de acuerdos firmados por Graco fomentaron la cohesión. Por ejemplo, se afianzan tratados de “amistad” (Foedus) con poblaciones fronterizas, se racionalizan las contribuciones de grano y se aplican medidas fiscales más flexibles. Asimismo se realizan repartos de tierra de una manera más igualitaria, aunque esta medida ya tenía un precedente en Turris Lascuta.



Paralelamente a la conquista y a la organización territorial a partir de Graco se desarrolla un proceso “Romanizador”. Por el cual, las comunidades indígenas comienzan a incorporar costumbres y formas de vida romanas (latín, vestimenta, sistemas de construcción, espectáculos, etc.). Esta transformación puede penetrar por diferentes vías. En primer lugar a través del ejército de conquista, donde había soldados indígenas que entraron en contacto con ciudadanos romanos e itálicos. Y en segundo lugar, la ciudad. El patrón de poblamiento anterior a la llegada de los romanos era muy variado, desde agrupaciones urbanas complejas hasta asentamientos tribales. Roma se apoya en ellos para administrar los nuevos territorios y sus relaciones políticas pueden ser diferentes: la gran mayoría son ciudades obligadas a pagar un tributo (Stippendium), ciudades libres con relación de amistad antes de la conquista cartaginesa (Ampurias, Sagunto) y ciudades federadas con privilegios gracias a un pacto o Foedus (Gades/Cádiz, Malaca/Málaga). Sin embargo, a lo largo de la primera mitad del s.II a.C. se aprecia un interés por la fundación de ciudades de nuevo cuño a la manera romana, así por ejemplo Graco fundará Gracurris e Iliturgi. Estas nuevas urbes se convertirán en los grandes vehículos que canalicen la primera romanización de Hispania por Andalucía y el Levante. 

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BIBLIOGRAFÍA


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