Terminada la Segunda
Guerra Púnica con la expulsión de los cartagineses de la Península
Ibérica, deja a Roma en posesión de nuevos y amplios territorios.
El gobierno romano no evacuó las tropas que tenía repartidas a lo
largo de la costa mediterránea y Andalucía. Aún existía un enorme
territorio desconocido hacia el interior peninsular, cuya actuación
sobre él dependía de la respuesta entre ¿Organización? o
¿Conquista? El devenir de los acontecimientos muestra las continuas
dificultades para llevar a cabo sendas empresas, como refleja esta
conocida frase: Hispania
fue el primer territorio en ser conquistado, y el último en ser
dominado.
La conquista y la
administración son dos procesos que se entrecruzan a lo largo de la
primera mitad del s. II a.C. Ya en el año 207 a.C. parece ser que
existe un primer intento de regular la situación peninsular, cuando
el Senado romano encarga de manera provisional “la
organización y relación de los
asuntos romanos con los indígenas”
al joven general Publio
Cornelio Escipión,
recientemente vencedor sobre los cartagineses. Tomando como base su
experiencia en la guerra divide militarmente la península en dos
zonas: 1) Territorios del Norte, Levante y el valle del
Ebro, y 2) La zona sur y el valle del Guadalquivir. No podemos decir
que la obra de Escipión se prolongara mucho en el tiempo puesto que
al desaparecer el peligro púnico tendrá que abandonar la península.
Sin embargo, tendrá su importancia ya que será el germen
embrionario de la futura “organización provincial de Hispania”.
A comienzos del s.
II a. C., Roma apenas tiene experiencia en la administración
territorial a larga distancia, y por lo tanto la Península Ibérica
plantea una situación totalmente nueva. Mientras que el Senado
decide como regularla, se opta por entenderla como una colonia de
explotación. Y no será hasta el año a el año de 197 a.C. cuando
finalmente el territorio sea dividido en dos provincias: 1) Al norte
la Hispania
Citerior
con capital en Tarraco (Tarragona); y 2) Al sur la Hispania
Ulterior
con Corduba (Córdoba) al frente. Esta organización se mantendrá
hasta la reforma territorial de Augusto en el siglo I a.C. La
frontera entre ambas se fijó al sur de Cartago Nova (Cartagena),
aunque la línea hacia el interior es algo más difusa y se irá
configurando a medida que avance la conquista.
La
provincialización de Hispania fue consecuencia directa del creciente
interés de los aristócratas romanos por el control privado de los
recursos, ya que muchas familias de segundo orden vieron en estas
tierras la oportunidad de enriquecerse y promocionar socialmente.
Estos primeros gobernantes anteponen sus intereses particulares,
acumulando riqueza, a los intereses comunes de Roma. Por ello, el
Senado comenzará una campaña de lucha contra estas irregularidades,
siendo su principal representante Marco Porcio Catón.
Su
presencia en Hispania será breve pero muy intensa, ya que apenas
dura un año pues se vio obligado a regresar a Roma por motivos
políticos. Desembarca en el NE peninsular a comienzos del año 195
a.C. y sus primeras tarea será sofocar las revueltas indígenas en
la zona de Cataluña. El
asentamiento
romano se tradujo en el cambio del sistema de alianzas
con la población autóctona, pasando del “colaboracionismo” al
“servilismo”, donde impera la ley del más fuerte. En este
contexto empiezan a aumentar las actividades hostiles hacia este
nuevo “imperialismo” romano.
La política de
pacificación territorial llevada a cabo por Catón se centró en
Hispania Citerior, donde tuvo que derrotar militarmente a los íberos
en Ampurias y en Segéstica (¿Segeda?, Zaragoza). Paralelamente a la
actividad bélica se llevaron a cabo “negociaciones diplomáticas”,
y según dicen las crónicas romanas, Catón ante la negativa de los
nativos a entregar sus armas, envió un mensaje a cada una de las
poblaciones exigiendo que desmantelaran sus muros o serían
conquistados y esclavizados. Éstos acabaron obedeciendo y las pocas
ciudades que se resistieron, entre ellas Segéstica, acabaron siendo
sometidas con todas las de la ley.
Una vez estabilizado
el poder romano en el litoral catalán, Catón marcha a la zona del
Ebro en ayuda de los generales Publio Manlio y Claudio Nerón, los
cuales tienen dificultades ante una coalición de turdetanos y
celtíberos. Realmente sabemos poco de esta expedición, pero se
piensa que fue una demostración de fuerza para que los celtíberos
abandonaran la coalición. La tarea de Catón se centró en la
predicación “de la bondad y lo beneficioso de estar del lado de
Roma”, sin embargo en la letra pequeña del contrato vemos el paso
hacia la servidumbre por parte de los hispanos.
Una
fecha clave es el 180 a.C., año en el que llegan dos nuevos
gobernadores a la península: L. Postumio Albino (Ulterior) y Tiberio
Sempronio Graco
(Citerior), siendo este último de mayor repercusión. Ambos
prosiguen con la conquista, la cual presenta notables diferencias con
la forma de actuar de sus predecesores. La acción de estos últimos
se habían centrado en saquear, recoger tributos y botines para su
enriquecimiento personal; sin embargo ahora Albino y Graco actuaran
por primera vez de forma conjunta, lo cual refleja una idea
preconcebida y homogénea a la hora de someter el territorio.
Militarmente combinan sus fuerzas en el alto
Guadalquivir para lanzar ataques sobre Munda (Montilla), Cartima
(Cártama), Oretania, Carpetania y Celtiberia.
La
victoria de Graco en la batalla del Mons Chaunus (Moncayo, Zaragoza)
le permite consolidarse en el Valle del Ebro. A partir de este
momento comienza la organización del territorio y la búsqueda del
entendimiento con los pueblos autóctonos; siendo el punto de partida
para la denominada Pax
Sempronia (179 a.C.-154
a.C.). Si bien los autóctonos veían con malos ojos la prohibición
de fortificar sus ciudades, en un futuro casus
belli de las Guerras
Celtíberas; el conjunto de acuerdos firmados por Graco fomentaron la
cohesión. Por ejemplo, se afianzan tratados de “amistad”
(Foedus)
con poblaciones fronterizas, se racionalizan las contribuciones de
grano y se aplican medidas fiscales más flexibles. Asimismo se
realizan repartos de tierra de una manera más igualitaria, aunque
esta medida ya tenía un precedente en Turris
Lascuta.
Paralelamente
a la conquista y a la organización territorial a partir de Graco se
desarrolla un proceso “Romanizador”. Por
el cual, las comunidades indígenas comienzan a incorporar costumbres
y formas de vida romanas (latín, vestimenta, sistemas de
construcción, espectáculos, etc.). Esta transformación puede
penetrar por diferentes vías. En primer lugar a través del ejército
de conquista, donde había soldados indígenas que entraron en
contacto con ciudadanos romanos e itálicos. Y en segundo lugar, la
ciudad.
El patrón de poblamiento anterior a la llegada de los romanos era
muy variado, desde agrupaciones urbanas complejas hasta asentamientos
tribales. Roma se apoya en ellos para administrar los nuevos
territorios y sus relaciones políticas pueden ser diferentes: la
gran mayoría son ciudades obligadas a pagar un tributo
(Stippendium),
ciudades libres con relación de amistad antes de la conquista
cartaginesa (Ampurias, Sagunto) y ciudades federadas con privilegios
gracias a un pacto o Foedus
(Gades/Cádiz, Malaca/Málaga). Sin embargo, a lo largo de la primera
mitad del s.II a.C. se aprecia un interés por la fundación de
ciudades de nuevo cuño a la manera romana, así por ejemplo Graco
fundará Gracurris e Iliturgi. Estas nuevas urbes se
convertirán en los grandes vehículos que canalicen la primera
romanización de Hispania por Andalucía y el Levante.
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